Estar “en el mundo” sin ser “del mundo”

ESPIRITUALIDAD SOCIEDAD
Equipe Christo Nihil Praeponere | 12 de Julho de 2014 | Traducido al español por Ramiro Fernandez

Todas las actividades, incluso las de carácter temporal, que se ejercen en unión con el divino Redentor, se convierten en una prolongación del trabajo de Jesús.

Hablando a los miembros de las emisoras de televisión católicas de Italia, el Papa Francisco volvió a criticar lo que llama “clericalismo” [1], es decir, limitar la acción de los laicos “a las tareas en el seno de la Iglesia”, en lugar de “penetrar” [los] valores cristianos en el mundo social, político y económico. [2] En la práctica cotidiana, sería colocarlos en funciones que deberían ser ejercidas ordinariamente por los sacerdotes, lo que terminaría por oscurecerse – cuando no por eliminar completamente – la distinción entre la jerarquía y los fieles.

Para evitar ese problema señalado por el Santo Padre, nada más importante que conocer la identidad y la vocación de los laicos. ¿Cuál es el papel que ejercen dentro de la Iglesia? Enseña el Concilio Vaticano II:

“Por vocación propia, [les] corresponde a los laicos buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, es decir, en toda ocupación y actividad terrena, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las cuales se desarrolla su existencia. Son llamados por Dios para que, ejerciendo su propio oficio, guiados por el espíritu evangélico, busquen la santificación del mundo desde dentro, como el fermento, y de este modo manifiesten a Cristo a los demás, ante todo por el testimonio de la propia vida, por la irradiación de su fe, esperanza y caridad. Por tanto, a ellos compete especialmente, iluminar y ordenar de tal modo las realidades temporales, a las que están estrechamente ligados, que sean siempre hechas según Cristo y se desarrollen y glorifiquen al Creador y Redentor. “[3]

A partir de estas palabras, es posible percibir la “vocación universal a la santidad” en la Iglesia. Contrariamente a una mentalidad de sentido común, no son sólo los clérigos que deben ser santos, sino todos los fieles. El llamado a la perfección, a la unión con Cristo por el amor, sucede primero en el Bautismo, y de este sacramento, todos pueden (y deben) dar testimonio – incluso los laicos, que están en el mundo, a fin de conquistar más almas para Cristo.

Los fieles están “en el mundo”.

Antes del Concilio Vaticano II, Jesús mismo lo observó, pero si “ellos están todavía en el mundo”, también, como él, “no son del mundo” [4]. ¿Cómo se da esto? No nacieron los hombres – y también los cristianos – de padres y madres de esta tierra? ¿Cómo entender, entonces, que no sean “del mundo”? Es simple: el verdadero nacimiento del cristiano sucede en el Bautismo. Es este sacramento que lo hace “de otro mundo”, como dice Jesús a Nicodemo: “Quien no nazca de nuevo no podrá ver el Reino de Dios”. Y aún: “Quien no renacer del agua y del Espíritu no podrá entrar en el Reino de Dios” [5].

Hay algo de santo, de divino, escondido en las situaciones más comunes, algo que a cada uno de nosotros compete descubrir.

 

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Los cristianos son llamados a la imitación de Cristo en medio de los hombres. No es posible, en una actitud de escapismo, “huir” del mundo o de la realidad de sufrimiento que aflige el hombre en este “valle de lágrimas”. No fue eso lo que Cristo pidió. Aún en su oración sacerdotal, Él ruega al Padre: “No pido que los quites del mundo, sino que los preserves del mal” [6]. Este “mal”, lo define Santa Teresa así:” En esta vida, sólo el pecado merece ser llamado de mal, por acarrear males eternos y para siempre … Eso es lo que nos debe llenar de temor y lo que debemos pedir a Dios en nuestras oraciones “[7].

Cristo pasó la mayor parte de su vida humana en el oficio de carpintero, en presencia de su padre y de su madre, aparentemente “oculto”, pero ya ofreciendo su oblación de corazón, que culminaría en la Cruz. El mismo Señor de todo el universo que lanzó sobre Adán y Eva este castigo por su pecado, vino a sacar de la tierra su sustento, con trabajos penosos. [8] Hay duda de que, ya aquí, él tomaba sobre sí nuestras enfermedades y cargaba nuestros sufrimientos? [9]. Y si la santidad consiste en seguir el ejemplo de Cristo, hay duda de que es en la vida oculta y las actividades penosas que debemos santificarnos?.

San Josemaría Escrivá, en su famosa homilía “Amar al mundo apasionadamente”, decía que “Dios nos espera cada día” en las “tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana.” Y subrayaba: “Hay algo de santo, de divino, escondido en las situaciones más comunes, algo que a cada uno de nosotros compete descubrir “[10].

El gran secreto para descubrir a Dios en el trabajo está en la actitud interior de quien trabaja. Cualquier servicio puede convertirse en sacrificio, si se hace con el espíritu de Cristo. Como enseña San Juan XXIII:

Todo el trabajo y todas las actividades, incluso las de carácter temporal, que se ejercen en unión con Jesús, divino Redentor, se convierten en una prolongación del trabajo de Jesús y de él reciben virtud redentora: ‘El que permanece en mí y yo en él, produce mucho fruto’ (Jn 15, 5)” [11].

Que las batallas trabadas de acuerdo con nuestras condiciones de vida -de las que no podemos huir- nos hagan fructificar y nos conviertan, según en nuestras ocupaciones, en verdaderos “ministros de Cristo.” Sin confundir la vocación laical con el ministerio ordenado, pero comprometiendo radicalmente nuestra vida, como dice San Agustín:

“Hermanos, cuando escuchen al Señor decir: ‘Donde estoy yo allí estará también mi ministro’, no debéis pensar solamente en los buenos obispos y en los buenos clérigos. También vosotros, a vuestro modo, debéis ser ministros de Cristo, viviendo bien, haciendo limosnas, predicando su nombre y su doctrina a quienes podéis, de modo que cada uno, incluso si padre de familia, reconozca deber, también por ese título, un afecto paterno a su familia. Por Cristo y por la vida eterna, nadie deje de exhortar a los suyos, y los instruya, exhorte, reprenda, demostrándoles siempre benevolencia y manteniéndolos en el orden; ejercerá así en casa el oficio de clérigo y, en cierto modo, el de obispo, sirviendo a Cristo, para con él permanecer eternamente”.[12]

Referencias:

  1. Discurso a los miembros de la Asociación “Corallo”, 22 de marzo de 2014
  2. Evangelii Gaudium, 102
  3. Lumen Gentium, 31
  4. Jo 17, 11.14
  5. Jo 3, 3.5
  6. Jo 17, 15
  7. Castillo Interior, Primeras Moradas, 2, 5
  8. Gn 3, 17
  9. Is 53, 4
  10. Preguntas actuales del Cristianismo, 114
  11. Mater et Magistra, 257
  12. San Agustín, Sobre el Evangelio de San Juan, t. 51, n. 13. Apud Summi Pontificatus, 62